Bitácora
Crónicas del viaje en orden cronológico
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Duro Día 1 — Leganés → Uclés
Los primeros kilómetros cruzando el sur de Madrid, camino del Jarama.
Miradores de madera sobre la Laguna del Campillo, con aves acuáticas y el centro ambiental cercano.
El primer avistamiento del monasterio desde un altozano entre Huelves y el cerro.
'El Escorial de La Mancha', sede histórica de la Orden de Santiago. 144 km y 1.591 m de desnivel para abrir el viaje — la etapa reina, y se notó desde el primer pedal. Los primeros 20-25 km, cruzando el cinturón sur de Madrid entre rotondas y polígonos, fueron el peaje obligado antes de que el viaje empezara de verdad. Llegar a Rivas-Vaciamadrid y ver los cortados del Piul sobre el Jarama fue la primera señal de que merecía la pena.
La Vega del Tajuña fue el respiro del día: pistas junto al río, sombra de choperas y buen firme para mantener cadencia antes de que la Alcarria se abriera en olivares y cereal hasta donde alcanzaba la vista. En Estremera, último pueblo de Madrid, tocó parar a comer, llenar bidones y hacer inventario de piernas antes del tramo conquense — comida en el Bar Cafetería del Centro Cultural de Carabaña que llegó en el momento justo.
Cruzar el Tajo trajo un frescor inesperado, pero también el inicio de los toboganes que pusieron a prueba los cuádriceps camino de Barajas de Melo y Huelves, el tramo más solitario del día. Y entonces, desde un altozano entre Huelves y el cerro, apareció de golpe la silueta del Monasterio de Uclés recortada contra el cielo — de esos instantes que paran la bici sola, con el sol ya bajo y las piernas cargadas. La subida final por el empedrado hasta la fortaleza, "El Escorial de La Mancha", se hizo larga después de 144 km, pero el claustro en silencio y las vistas desde el cerro lo justificaron todo.
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Excelente Día 2 — Monasterio de Uclés → Toledo
Salida del monasterio con la luz de primera hora, camino de Fuente de Pedro Naharro.
Los Sotos de Aranjuez: el cambio de paisaje más brutal del viaje.
La entrada a Toledo por el Puente de Alcántara, al caer la tarde.
El Alcázar y la Catedral recortados contra el cielo de Toledo.
Puente romano-medieval que cruza el Tajo a los pies de Toledo, entrada triunfal a la ciudad. La etapa más variada del viaje, y la que más disfrutamos de principio a fin. Salir del monasterio a primera hora, con la luz rasante y el campo de Uclés en silencio absoluto, fue una de las imágenes más potentes de los tres días. Los primeros kilómetros por Fuente de Pedro Naharro, entre viñedos de la D.O. Uclés, sirvieron para calentar sobre buen firme antes de que apretara el calor.
El cambio de paisaje al llegar a los Sotos Históricos de Aranjuez fue de los más brutales del viaje: de golpe, el ocre de la meseta conquense se convirtió en un túnel de plátanos centenarios, con el Palacio Real como telón de fondo. Paramos a comer en el Restaurante Las Cabezadas, ya con las piernas relajadas después de la paliza del día anterior — la pausa larga que el cuerpo pedía.
Desde Aranjuez, el GR-113 nos llevó siguiendo el Tajo hacia el sur: llano, señalizado, con vistas constantes al río y el pensamiento ya puesto en Toledo. Y entonces llegó el momento del viaje: cruzar el Puente de Alcántara al caer la tarde, con el Alcázar y la Catedral recortados contra el cielo y la ciudad amurallada reflejada en el Tajo. Cena en Ginos, Toledo, para celebrar el mejor día de los tres.
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Bueno Día 3 — Toledo → Leganés
El vado que, con caudal favorable, permite la variante ribereña hacia Carranque.
Ruinas de la iglesia del antiguo poblado de Polvoranca, habitado hasta el siglo XIX.
La entrada por Polvoranca, el broche de oro del regreso: del asfalto al verde. La vuelta a casa, la etapa más corta pero no la más fácil: Toledo está a 400 m y Leganés a más de 600 m, así que "volver" significó subir de forma sostenida casi 70 km. Antes de salir subimos al Mirador del Valle para llevarnos la última imagen de Toledo desde las alturas — la ciudad amurallada sobre su roca, el Tajo abrazándola. Desayuno rápido en Toledo y a rodar.
Descartamos la variante del vado del río Guadarrama hacia Carranque y seguimos el trazado principal por La Sagra: 40 km de arcilla roja, cereal y un horizonte que no se acababa nunca. El viento del norte apretó lo suyo, convirtiendo varios tramos en un ejercicio de resistencia mental más que físico — Bargas y Yunclillos fueron parada obligada para no quedarnos sin agua.
Pasado Ugena, el campo cedió terreno al extrarradio industrial: vías pecuarias entre autovías y polígonos, la parte menos fotogénica del viaje pero también la señal de que ya quedaba poco. Comida en Poza, cerca de Leganés, con las piernas ya notando los tres días de calzada. Y entonces llegó el mejor final posible: entrar en Leganés por el Parque de Polvoranca, del asfalto al verde, del ruido al silencio de las familias paseando. Después de ver las cúpulas de Uclés y el Alcázar de Toledo, cruzar ese parque puso en perspectiva lo que habíamos hecho: todo eso, a golpe de pedal, en tres días.