Bitácora
Crónicas del viaje en orden cronológico
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Bueno Día 1 — Albacete → Alcalá del Júcar
El Júcar y sus hoces: el paisaje cambia por completo tras salir de Valdeganga.
Las casas-cueva del Júcar, excavadas directamente en la roca de los cortados.
Alcalá del Júcar, encajonado en el meandro del río, la meta del primer día.
Fortaleza árabe sobre el espolón de roca que domina el meandro del Júcar. Empezamos con desayuno rápido en la Panadería Chapela antes de salir de Albacete por la vía ciclista hacia Valdeganga — llana, cómoda, sin sorpresas. Paramos a comer en Valdeganga tal como recomienda cualquiera que conozca la ruta: es el único servicio cómodo antes de Alcalá, y a partir de ahí los establecimientos se espacian de verdad.
Desde Valdeganga la etapa cambió por completo: la ruta se pegó al Júcar y ya no lo soltó. Ver cómo el río lleva cien millones de años excavando las calizas hasta formar hoces de más de 200 metros de pared vertical fue de esas cosas que no se olvidan sobre una bici. Pasamos por Cubas, las piscinas naturales de la presa —con el caudal todavía alto de primavera— y La Recueja, con las casas-cueva excavadas en la roca apareciendo en las orillas como si formaran parte del paisaje desde siempre.
La llegada a Alcalá del Júcar fue la recompensa total del día: el pueblo encaramado sobre el espolón del meandro, rodeado de agua por tres lados, con el castillo almohade del siglo XII asomado al vacío. Cena en Fogones el Chato para celebrar los 64 km más fáciles y más bonitos del viaje, y noche en el Hotel Júcar, en pleno casco histórico.
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Muy duro Día 2 — Alcalá del Júcar → Higueruela
La subida desde el Tranco del Lobo, dejando atrás el cañón del Júcar.
El paisaje cambia de golpe tras cruzar a la Comunitat Valenciana: campos de secano y viento.
Arte rupestre levantino Patrimonio de la Humanidad, a las puertas de Alpera.
El castillo medieval que preside Higueruela, final de la etapa más dura de la ruta. La etapa reina, la que de verdad se hizo notar: 93 km y casi 1.500 m de desnivel repartidos en dos partes que parecían dos rutas distintas. Los primeros 11 km hacia Tolosa fueron un descenso suave junto al Júcar, casi un espejismo antes del Tranco del Lobo, donde empezó una subida que ya no abandonamos hasta salir del cañón. Ver el río serpentear entre los cortados desde arriba, con el Santuario del Cristo de la Vida asomado sobre el risco, fue de las imágenes más bonitas del viaje — y de las que más costaron ganar.
Cruzamos unos kilómetros por la Comunitat Valenciana, por la Sierra de Palomeras, y en La Hunde bajamos rápido por la CV-438 hacia Alpera, donde el paisaje cambió de golpe: los cortados del Júcar quedaron atrás y aparecieron los campos de secano ondulados del Monte Ibérico. Comimos en Los Arcos, la parada obligatoria y el único servicio en más de 50 km — nos quedamos con las ganas de visitar la Cueva de la Vieja, Patrimonio de la Humanidad, pero el horario no encajó.
El tramo final subió por encima de los 1.000 m entre pedanías casi abandonadas, con el viento del Monte Ibérico recordándonos que la etapa no había terminado. Llegar a Higueruela con el castillo medieval presidiendo el pueblo —el mismo donde Juan II de Castilla derrotó a los nazaríes en 1431— fue un alivio como pocos. Cena tranquila y noche en el Hotel Higueruelas, con las piernas pidiendo descanso después del día más duro del viaje.
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Bueno Día 3 — Higueruela → Albacete
El tramo final de la ruta, entre campos abiertos hacia Chinchilla de Montearagón.
El cruceiro que marca el trazado del Camino de Santiago del Levante.
Fortaleza medieval del siglo X sobre el cerro que domina la llanura manchega. La etapa de cierre, la más corta y con menos desnivel, pero con el viento de las parameras dispuesto a complicar lo que en teoría era un paseo. Café rápido antes de salir de Higueruela hacia Hoya-Gonzalo por carretera, con el día amaneciendo frío como suele pasar en esta zona.
Poco después de Hoya-Gonzalo apareció el cruceiro de piedra que confirma el trazado del Camino de Santiago del Levante — a partir de ahí, tierra compacta en perfecto estado entre campos inmensos salpicados de pinos solitarios, con el ritmo alto que se merecía el último día. El contraste con el cañón del Júcar y el pinar del Monte Ibérico de los dos días anteriores no podía ser mayor.
Chinchilla de Montearagón, sobre el cerro de San Blas, fue la recompensa final: el castillo de origen islámico del siglo X, las cuevas y baños árabes, las calles empedradas y el museo de alfarería con su barro negro de técnica ininterrumpida desde época árabe. Nos quedamos un buen rato antes de afrontar el tramo final hacia Albacete, con algún campo de escombreras y caminos arados que obligaron a estar atentos a las marcas del Camino. Comida de cierre ya en Albacete, con el coche a repostar para la vuelta: tres días, tres paisajes completamente distintos, y La Manchuela terminada.