Bitácora
Crónicas del viaje en orden cronológico
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Duro Día 1 — Monfragüe → Aldeanueva del Camino
El Arco de Cáparra es un monumento romano único, hito clave en la Vía de la Plata.
Pedalear por el terreno cacereño de la Vía de la Plata es espectacular y exigente.
Dos catedrales solapadas: la Vieja (s. XIII) y la Nueva, iniciada en 1498.
Muralla de finales del siglo XII con 21 de sus 71 torres originales aún en pie. El tren nos dejó en la Estación de Monfragüe sobre las dos de la tarde, con el sol ya alto y apretando de lo lindo. Por delante, unos 13 km hasta Plasencia — el primer contacto con la bici cargada y con un calor que no daba tregua. En poco más de media hora ya estábamos sentados en una terraza de la Plaza Mayor, comiendo y agradeciendo la sombra antes de seguir.
El kilómetro 0 oficial está en la propia estación de trenes de Plasencia, pero el verdadero arranque de la ruta, el que se siente de verdad, es el túnel de San Lázaro en el kilómetro 1: ahí es donde uno entiende que el viaje ha empezado. Salimos de la ciudad por la Vía Verde de la Plata, con el firme cómodo y la sombra escasa, hasta que el calor volvió a apretar y tocó parar a refrescarse en el Restaurante El Avión — la parada que no estaba en el guion pero que salvó el resto de la tarde.
Ahí mismo abandonamos la Vía Verde para coger la CC-211 en dirección al Arco Romano de Cáparra. Llegar a ese arco tuvo algo especial: fue el mismo punto donde, hace un par de años, cerramos la primera fase de la Vía de la Plata desde Sevilla, y ahora se convertía en el arranque oficial de esta segunda fase que terminará en Zamora — cerrar un círculo y abrir otro en el mismo sitio.
El tramo final hasta Aldeanueva del Camino se hizo cuesta arriba, más de cansancio que de desnivel real. La Casa de Mi Abuela fue el mejor final posible: guardaron la bici sin preguntar y la cama supo a gloria. Duro no por el perfil, que era el más suave del viaje sobre el papel, sino por ser el primer día — el cuerpo todavía no sabía lo que le esperaba.
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Duro Día 2 — Aldeanueva del Camino → Guijuelo
El barrio judío de Hervás es de los mejor conservados de España, una parada ciclista obligatoria para cenar bien y descansar.
La Denominación de Origen del jamón ibérico más antigua de España, desde 1986.
El techo de la ruta, a casi 1.000 m, sobre la calzada romana original.
Zona de descanso en plena calzada romana, justo en el puerto. Decisión tomada la noche anterior: nada de seguir el trazado clásico de la Vía de la Plata por la N-630. La previsión anunciaba más de 35º y la carretera prometía ser un mal trago, así que optamos por subir entero por la Vía Verde de la Plata hasta Guijuelo. Acierto total — la vía verde discurre por parajes de una belleza que no esperábamos, cubierta de una vegetación tan frondosa que la temperatura se sentía varios grados por debajo de lo que marcaba el termómetro.
Paramos en Hervás a visitar su magnífico barrio judío, y ya pasado Baños de Montemayor llegamos al Puerto de Béjar, donde nos esperaba una sorpresa: un merendero magnífico instalado en la antigua estación de tren, reconvertida en restaurante con una terraza al aire libre llena de sombra — parada perfecta antes de completar el collado. Camino ya de Béjar, carretera y autovía corren en paralelo a la vía verde, pero apenas se notan: el bosque absorbe el ruido y deja el pedaleo tranquilo.
El acceso a Béjar se puede hacer desde la propia estación, o algo más adelante, justo antes del túnel de 372 metros con curva que atraviesa la localidad. Nosotros nos saltamos todas las opciones sin darnos cuenta y, cuando quisimos parar, ya íbamos camino de Navalmoral de Béjar — Béjar se queda pendiente para otra ocasión. El tramo final hasta Guijuelo todavía está en fase de acondicionamiento (a fecha de este viaje, septiembre de 2026), aunque se transita sin ningún problema; en poco tiempo se unirá por el norte con el tramo recuperado entre Alba de Tormes y Salamanca, completando un Camino Natural Vía Verde continuo de más de 100 km entre Plasencia y Salamanca.
Guijuelo parece a primera vista un municipio castellano cualquiera, pero es mucho más: desde hace más de un siglo es uno de los pocos lugares del mundo donde se cura, de forma tradicional y antiquísima, el Jamón Ibérico. Con esa recompensa y el Hotel Entredós esperando con una cama de verdad, cerramos el día más duro del viaje — casi 60 km y más de 550 metros de desnivel positivo — con la sensación de haber acertado de pleno con el cambio de ruta.
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Bueno Día 3 — Guijuelo → Salamanca
Al salir de Morille la vegetación arbórea se dispersa para dar paso a grandes extensiones de cultivo de secano.
Salamanca, joya dorada de la Vía de la Plata, fascina con su histórica universidad, su vibrante Plaza Mayor y dos catedrales.
Dos catedrales adosadas, gótica y románica, Patrimonio de la Humanidad.
Palacio de 1493-1517 con más de 300 conchas talladas en la fachada. Para volver a la Vía de la Plata tocó salir de Guijuelo por carretera hasta Fuenterroble de Salvatierra — la vía verde todavía no llega tan lejos, así que este tramo se hace por el trazado clásico. Paramos en el albergue a sellar la credencial y a charlar un rato con el hospitalario, uno de esos momentos pequeños que se recuerdan más que muchos kilómetros de camino.
Desde ahí, dehesas salmantinas de libro salpicadas de miliarios romanos, hasta llegar a las estribaciones de la Sierra de Dueñas. Ahí tocó decidir: en vez de subir por el pedregal hacia el Pico Dueñas, cogimos el ramal para bicicletas que lo evita y sigue hasta Frades de la Sierra — variante que se agradece con las piernas ya cargadas de dos días duros.
La entrada a Salamanca, como manda la tradición, se hace cruzando el Tormes por el Puente Romano, el mismo por el que discurría la Vía de la Plata hace dos mil años, para adentrarse después en el casco histórico hacia la zona monumental. Las torres doradas de la catedral apareciendo al fondo, la Plaza Mayor, la Casa de las Conchas con sus más de 300 veneras talladas en la fachada.
Dormí en el Exe Salamanca, ya con la sensación de haber cruzado el ecuador del viaje. Un día bueno de verdad, de los que compensan el esfuerzo del anterior.
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Bueno Día 4 — Salamanca → Zamora
Infinitos campos de secano y el cruce del río Duero marcan la sobria belleza de la Vía de la Plata en Zamora.
La vista de Zamora desde la margen izquierda del río Duero ofrece una de las estampas medievales y románicas más espectaculares de España.
Más de veinte iglesias románicas del siglo XII, la mayor densidad de Europa.
Diecisiete arcos sobre el Duero, en uso desde el siglo XIII. La salida de Salamanca fue el punto flojo del día: un tramo aburrido y monótono que no hace justicia a una ciudad con tanto esplendor monumental, casi como si costara más despedirse en bici de lo que costó llegar caminando. Más adelante, un buen tramo largo discurre en paralelo a la A-66, otra vez monótono y con el ruido constante de los coches de fondo — de los momentos del viaje que se pedalean con la cabeza en otra parte.
Superado ese tramo, la etapa se volvió la más cómoda del viaje: la llanura charra se recorre casi sin pensar, entre dehesas de encinas y pueblos tranquilos, sin un solo repecho que obligara a bajar del plato grande.
Zamora fue la gran sorpresa que todo el mundo promete y pocos explican bien: más de veinte iglesias románicas del siglo XII en apenas dos kilómetros cuadrados, la mayor densidad de románico de Europa. Llegué con tiempo de sobra para perderme por el Casco Antiguo, subir hasta el Castillo con vistas al Duero y bajar al Puente de Piedra a ver la catedral reflejada en el río al atardecer — una de esas postales que justifican parar la bici y quedarse un rato quieto.
Cerré el día como manda la tradición local: tapa del momento en cualquier bar de la calle Herreros, con la Hosteria Real de Zamora a un paso para caer rendido. Día bueno, de los que se disfrutan de principio a fin.
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Regular Día 5 — Zamora → Medina del Campo
El río Duero abraza el imponente relieve de Toro, esculpiendo fértiles vegas y los viñedos que dan vida a sus célebres vinos.
Riberas de Castronuño es un oasis en el Duero: un bosque de ribera y carrizales que es refugio vital de aves en Valladolid.
Construida a partir de 1170, con un cimborrio de influencia bizantina.
Fortaleza del s. XV completada por los Reyes Católicos en 1483. El día que no estaba en el plan original: sin tren de vuelta disponible desde Zamora, tocó pedalear un día más hasta Medina del Campo. Los 100 km más largos del viaje, con las piernas ya acumulando cuatro días de calzada y gravilla a la espalda. El arranque, al menos, fue de lo más agradable: la salida de Zamora se hace por el carril bici que recorre la margen derecha del Duero, un tramo disfrutón que compensó de sobra el madrugón. Para colmo de suerte, la bajada de temperaturas respecto a los días anteriores hizo que los kilómetros se llevaran mucho mejor de lo esperado.
Desde Zamora se puede llegar a Toro siguiendo el Camino Natural de la Senda del Duero, pero optamos por un camino más directo que entra en la ciudad por su parte norte, por la Puerta de la Corredera. De Toro a Castronuño sí que recuperamos la Senda del Duero, y a partir de ahí y hasta Medina seguimos el trazado del Camino de Santiago de Levante — tres tramos distintos cosidos en un solo día, cada uno con su propia señalización.
A un tercio de camino apareció Toro, y ahí el día mejoró bastante: la Colegiata de Santa María la Mayor asomando sobre el Duero, el Puente Mayor con sus arcos apuntados del siglo XII, y una copa de D.O. Toro que sentó mejor que cualquier avituallamiento. Más adelante, ya con el cansancio acumulado pesando de verdad, paré en Xokoreto, la pastelería artesanal dentro de la Reserva Natural de Castronuño-Vega del Duero — el mejor sitio posible para recuperar fuerzas a mitad de una etapa tan larga, con el meandro del Duero de fondo.
Medina del Campo llegó ya con las piernas al límite, pero con tiempo suficiente para una breve visita antes del tren: el Castillo de la Mota como bienvenida y un paseo corto por el centro, lo justo para hacerse una idea de la villa sin forzar más el cuerpo. El billete de Media Distancia confirmado, salida 19:15 y llegada a Príncipe Pío a las 21:42, cerró el viaje sentado, viendo pasar la meseta por la ventanilla. Día regular no por lo que ofrecía el camino, que daba para mucho más, sino por las piernas, que ya no daban para más.